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Los museos en la revolución didáctica del aprendizaje por competencias.

¿Es posible una pedagogía de la integración en el contexto museográfico chileno?

Alfredo Gómez Alcorta[1]

Estela Ayala Villegas[2]

Resumen

En este texto discutiremos sobre los desafíos que representa abordar una labor educativa efectiva y coherente desde los museos, más allá de los procesos que se esperan en la formulación convencional de sus exhibiciones y sus visitas guiadas. Creemos que la labor educativa de los museos no se realiza solamente a través de sus exhibiciones, se requiere de una apuesta más concreta en torno a las necesidades reales de la educación, transformando a los museos en escenarios de aprendizajes, proceso que tiene su origen en el aula y que se proyecta al museo en un proceso de transferencia y continuidad. En este cambio de rol también se encuentra una encrucijada para el docente, quien debe asumir la función de mediador o facilitador, transformándose en un gestor cultural con todas las responsabilidades profesionales que ello implica.[3] También planteamos que es necesario terminar con la distancia existente entre los guiones conceptuales de las exhibiciones museográficas y contenidos curriculares propuestos por el MINEDUC, con el fin de darle coherencia a los contenidos del museo en el plano de los saberes y conocimientos necesarios para nuestros estudiantes, situándolos en los marcos conceptuales que son exitosamente mediados por los docente, en concordancia con sus programaciones y, en último término, de acuerdo a lo propuesto en el Marco Curricular.  

Educación no es lo mismo que difusión cultural, ella requiere de precisiones metodológicas y de la formulación de objetivos renovados en los museos. Estas instituciones deben ser un escenario para una pedagogía activa, donde se expresen las transformaciones epistemológicas y culturales que están cambiando a la educación a nivel global. La labor educativa tiene grandes desafíos a los que están llamados los museos a colaborar, fundamentalmente, en relación a prestar su apoyo como escenario didáctico para la materialización metodológica de nuevos enfoques que surgen de la reflexión pedagógica contemporánea y que se han instalado como aportes epistémicos de los que urge su difusión. Nos referimos al aprendizaje por competencias[4]. En relación a él, cabe mencionar que el Marco Curricular posee un carácter en el que está implícito este enfoque pedagógico.[5] Del mismo modo, las características de los Objetivos Fundamentales de los Planes y Programas del MINEDUC hacen posible la transformación de la actual práctica pedagógica hacia una nueva cultura escolar de un renovado ejercicio docente en torno a generar una educación con más sentido y relación con el contexto sociocultural, y coherencia con la coyuntura local y las demandas de la sociedad global. A este aspecto orientaremos una sección completa en este trabajo a explicar tales vinculaciones. 

En estas páginas recapitularemos en las definiciones esenciales de la labor educativa de los museos y abordaremos aspectos generales del desarrollo del debate sobre el enfoque del aprendizaje por competencias, para terminar con las definiciones sobre las responsabilidades que, en este enfoque, son demandadas a los museos por la sociedad actual en el contexto de la globalización. Advertimos que el contenido de este escrito puede interesar más a educadores y pedagogos, sin embargo, encierra aspectos teórico-metodológicos que comprometen la labor educativa de los museos así como a toda la educación formal, en tanto se verifica su lenta imposición desde el escenario internacional. A la vez, no pretendemos responder a la pregunta inicial. Dejamos al lector que formule la respuesta a la luz de los desafíos que enfrenta la educación chilena. Lo importante es reflexionar sobre si es que la labor educativa de los museos se inspira concretamente en ideas que han surgido del pensamiento pedagógico contemporáneo, y de acuerdo con ello, estimar si cumplen con el real propósito y función social que es aportar a la educación nacional y si están recogiendo los desafíos país, propósitos en los que se centran nuestras expectativas de crecimiento en equidad social.

I. La relación museo – escuela: hacia un escenario del aprendizaje 

La relación entre escuela y museo[6], como lo hemos mencionado en otros trabajos, ha sido objeto de profundos exámenes[7], pero se observa la ausencia de este debate en Chile pese a los esfuerzos que se han desplegado por fortalecer la labor de difusión de los museos. Es ellos no han recogido la demanda social de abordar los retos que surgen de la reflexión pedagógica mundial y que llevan aparejado nuevas perspectivas epistemológicas, culturales y didácticas que están transformando lo que sabemos y entendemos por educación.[8] En el proceso de cambios que hemos mencionado también podemos incluir a la didáctica, que se ha transformado en un saber complejo y que representa un escenario de convergencia de saberes metodológicos, psicológicos, pedagógicos, institucionales, culturales y humanos,[9] con las consecuentes tensiones que adquiere de las Ciencias Sociales.  

Sale a la luz la necesidad de incorporar a los equipos profesionales de los museos didactas de la especialidad, con el fin de evaluar los guiones conceptuales y los criterios museográficos utilizados respecto de sus alcances disciplinarios y pedagógicos, con el fin último de formular estrategias metodológicas que permitan concretar procesos de enseñanza – aprendizaje efectivos y eficientes, basadas en reflexiones en torno a preguntas como: ¿qué tipo de aprendizajes quiere promover el museo?, ¿qué aprendizajes promueve efectivamente?, ¿qué metodologías son más pertinentes?, ¿cómo se puede generar una mediación efectiva para los estudiantes?, y ¿qué aprendizajes realizan los estudiantes, y cuáles consideran irrelevantes de acuerdo a sus conceptos previos?, ¿son aprendizajes significativos para los jóvenes respecto de sus contextos sociales y culturales?... 

Uno de los problemas que frecuentemente observamos en los museos de historia es su apuesta a los relatos historiográficos, concediéndoles una completa verosimilitud por su instalación como discursos formales autoexplicativos en la sociedad chilena. Sin embargo, no se reflexiona respecto a las posibilidades verdaderas que tales contenidos tienen en relación a las distinciones de Not en cuanto a que tales conocimientos requieren de un nexo que permita la bajada del saber académico al saber enseñado esto es, la transposición didáctica.[10] Aunque la definición de las funciones esenciales de los museos de la ICOM incluye expresamente la función educativa,[11] se puede distinguir una cierta desconexión de estas instituciones con los objetivos fundamentales de la educación formal. Evaluamos que en los museos no se percibe una real inquietud por asumir los desafíos de las áreas del conocimiento que se representan en ellos, ni mucho menos  los de la educación y la labor pedagógica. Creemos que se ha generado una desvinculación entre sus proyectos estratégicos y las demandas culturales y educativas de la sociedad civil, de aquí que ellos sean relegados al escenario de la eventualidad, de la visita ocasional, de la experiencia efímera basada en el mirar sin observar, perdiendo la oportunidad que les brindó la última Reforma Educacional para instalarse como escenario para el trabajo didáctico. 

Por otra parte, hemos diagnosticado que desde el sistema escolar no se percibe a los museos como escenarios para la realización de la labor educativa, ni mucho menos para el logro de aprendizajes efectivos. Los museos solo son objeto de interés en torno a la realización de algunas actividades genéricas de los Planes y Programas del MINEDUC, en la asignatura de Comprensión del Medio y/o Historia y Ciencias Sociales (NB3 (5º), NB4 (6º) y EM2 (2º Medio), de modo particular en relación a tópicos como el poblamiento de América, los pueblos precolombinos, la vida en el período Colonial y el proceso de emancipación. Ellos son abordados considerando la actividad vinculada al museo como mera instancia de reforzamiento de lo visto en el trabajo de aula, como una experiencia en la que no radica un valor formativo esencial ni que represente alguna metodología de trabajo pedagógico de cierta especificidad. Se enmarca en la eventualidad y en la evasión efímera del régimen escolar. 

Otros aspectos que hemos diagnosticado que imposibilitan un trabajo más fluido entre museos y escuelas es la desconexión crónica entre las programaciones anuales o trimestrales que elaboran los docentes con las programaciones de los museos, así como las dificultades de orden institucional que representa sacar del colegio a los estudiantes en condiciones de seguridad y con los recursos adecuados para su desplazamiento. Estas actividades son de gran complejidad, que sumado al tiempo que demandan las visitas a las exhibiciones, terminan por precipitar la opción de no recurrir a este tipo de actividades. Queda en evidencia la necesidad de la modularización de los contenidos de los museos según criterios pedagógico para posibilitar el trabajo dosificado de sus contenidos. Queda el desafío de  evitar la vieja parcelación cronológica de orden historiográfico de las exhibiciones, que solo da cuenta de un orden preestablecido de tipo dogmático más que reflexivo y de naturaleza comprensiva.  

Surge la necesidad de aplicar nuevas categorías de análisis en las representaciones museográficas de orden historiográfico, con el fin de generar modelos explicativos que tengan más relación con las personas, su historia personal y sus problemáticas de vida. Esto requiere de la problematización de los contenidos historiográficos que, con frecuencia, son trasvasijados en las exhibiciones de los museos a las personas sin considerar sus conocimientos previos. En esta perspectiva se plantea la generación de una relación dialógica entre exhibición-visitante, y en el mejor de los casos, un escenario para el aprendizaje en la relación museo-estudiante. Esto requiere el abandono del lenguaje museográfico de “cosas”, articulado por el significado relativo de objetos de variada naturaleza; esto es la utilización indiscriminada de la categoría de cosas–conceptos que se vinculan a textos que funcionan como conductores,[12] pero que, insistimos, carecen de naturaleza comprensiva, y de carácter holístico y procesual  

Nuestras propuestas, en lo fundamenal, apuntan a “plantear al museo como un espacio de comunicación interactiva, sensible a las necesidades educativas del sistema escolar y a las demandas culturales de la sociedad, como centro de una relación dialógica determinada por las necesidades identitarias de la sociedad en su conjunto. La crisis del museo es la evidencia de la anacronía de su epistemología, que reedita una y otra vez una lente perceptual del pasado historiográfico que obliga a la sociedad ha remitirse a un pasado distante, estático e inhumanizado, y sin vínculo aparente con la vida de las personas que lo visitan, es decir, una experiencia poco significativa para adultos como para niños y jóvenes”.[13] 

¿Cuál es la senda a seguir para minimizar la brecha entre los contenidos de los museos y el saber escolar? En otras palabras, ¿cómo superar la falta de sentido y significado de los contenidos del museo para los estudiantes? La ruta es seguir, en tanto perdure, el Marco Curricular y los elementos fundantes de la Reforma Educacional, y las propuesta programáticas del MINEDUC, ya que promueven la comprensión procesual de la historia y promueve la valoración de la historicidad del presente a través del reconocimiento de los elementos de cambio y continuidad en la historia humana; y la comprensión de la historia cultural y pone en relieve sus logros científicos y tecnológicos. A la vez, es fundamental incorporar en los distintos contextos de relato historiográfico temas relativos a formación y derechos ciudadanos, la vida democrática y el valor de las instituciones republicanas y el desarrollo histórico de las organizaciones de la sociedad civil. Esto no supone solamente la adopción de los Planes y Programas, sino la comprensión de sus múltiples dimensiones, inclusive los Objetivos Transversales, los OFV y su relación con los Aprendizajes Esperados. Esto requiere de la aplicación de sus aspectos procedimentales, los que deben ser traducidos por el lenguaje museográfico. Aquí esta el escenario de acción de los expertos, y la concreción de este proyecto exige del trabajo en equipo de tipo interdisciplinario. Es necesario abordar la naturaleza del saber escolar[14] y su desconexión crónica con el lenguaje y los contenidos museográficos, con el fin de propiciar la construcción del conocimiento histórico en nuestros estudiantes en experiencias y contextos significativos. 

La adopción de la propuesta ministerial reformulada y adaptada según criterios museográficos, debe redundar en el reforzamiento de los Aprendizajes Esperados al generarse una concordancia entre los saberes escolares con el contenido conceptual de los museos. Como lo hemos mencionado, “esta relación de concordancia contribuiría efectivamente a transformar la visita al museo en una experiencia (significativa) que promueva el desarrollo de habilidades cognitivas, principalmente, a través de aplicaciones didácticas concretas que se plantean para el trabajo museográfico”.[15] 

Consideramos que solo en este sentido el museo se instala en el escenario de las necesidades educativas reales y contingentes de la sociedad civil, transformándose en una herramienta de la labor educativa, quedando en planos homólogos, ya no subordinados, a su labor investigativa o de conservación y administración patrimonial. Para los docentes, el museo debe transformarse en otra dimensión de la experiencia educativa, en que se pueda vincular el trabajo de aula y la visita al museo en una relación de continuidad y no de trabajo segregado. Sus salas de exhibición deben representar instancias de plena realización del proceso educativo, contribuyendo a la ampliación del horizonte cultural de los estudiantes, aspecto en el que se incluye la apropiación de tal escenario. El museo debe representar un contexto formal de aprendizaje, y el docente y la cultura escolar deben promover esta transformación mediante el apoyo decidido de una política de implementación didáctica hacia este sentido.

Ahora bien, vienen a colación las preguntas, creemos, más importantes que deben formularse en los equipos profesionales de los museos. Ellas son ¿qué tipo de aprendizajes deseamos promover? y ¿a qué epistemología o pensamiento pedagógico estamos haciendo referencias en los procesos pedagógicos que se promueven en las exhibiciones? Nuestra apuesta, y ya hay elementos que en el texto hemos planteado, es al socioconstructivismo[16] y al enfoque de aprendizaje por competencias.  

II. La formación por competencias en el debate de las ciencias pedagógicas contemporáneas 

Los gobiernos y las clases políticas de los países están tomando, con creciente preocupación, decisiones que se consideran estratégicas en el área de la educación con el fin de elevar el nivel de desempeño y logros de aprendizaje en sus estudiantes, atendiendo el concierto global de transformaciones y en relación, fundamentalmente, a los nuevos desafíos que impone la sociedad de la información o sociedad del aprendizaje,[17] y las nuevas características que modelan a la sociedad global y sus exigencias sobre las personas, las sociedades y las culturas. La evolución de los mercados de trabajo, el flujo global de información a niveles nunca imaginados por nuestra generación, el vertiginoso desarrollo del conocimiento científico y su rápida obsolescencia, ha impuesto una nueva coyuntura que ha sensibilizado a la pedagogía. Formar para el futuro, promover en los jóvenes de hoy habilidades para enfrentar un mañana de cambios en la incertidumbre es el discurso que ha cruzado las sucesivas reformas educativas a nivel mundial, incluyendo a Chile. Estas transformaciones en la teoría y en la praxis pedagógica se han promovido desde la última década del siglo XX y han sido refrendadas políticamente, como en el caso de la Unión Europea. En ellas no solo se encuentra la aspiración de innovar en el campo de la educación, también se encuentra el objetivo estratégico de proporcionarle contenidos específicos al proceso de integración cultural que lleva a cabo la globalización, y en último término europeizar la globalización.  

De estas transformaciones estructurales en la sociedad contemporánea surge el debate del enfoque del aprendizaje por competencias, cuestión que trasciende a los meramente semántico para instalarse en el campo de la educación y representar una revolución didáctica. En términos muy sintéticos, y desde un punto de vista particular, el debate pedagógico resume elementos de diversas teorías del aprendizaje, recogiendo las reflexiones de pensadores de la educación[18] y aspectos metodológicos de la educación para adultos[19], toma elementos de epistemología de la ciencia fundados en las transformaciones de la sociedad global[20] y opiniones del debate que surge en los 70 en torno a los objetivos en educación para el contexto laboral; conjunto de aportes que fueron evolucionando junto a las definiciones contemporáneas de capital humano.[21] 

Aunque las aproximaciones al concepto de competencia llevó a sus estudiosos al campo semántico, este se ha resignificado y se instaló en el campo de la episteme pedagógica, transformándose en un concepto en construcción dada su naturaleza polisémica, y porque ha sido abordado integralmente desde la mirada formativa de educadores y pedagogos. En síntesis, el enfoque por competencias surge en el contexto de la educación para adultos y el mundo del trabajo, pero se trasvasijó a la enseñanza escolar con miras a utilizarse como un nuevo paradigma para educar en y para la sociedad de la información. Este enfoque que no solo se refiere al proceso enseñanza-aprendizaje, sino que también a la evaluación como parte del aprendizaje, a la construcción curricular y a la enseñanza fundamentada en valores y actitudes útiles a lo largo de la vida, y sobre todo, al aprender a aprender como actitud fundante de la formación continua;[22] cuestión que no solo comprometió a las políticas educativas nacionales del panorama europeo, sino que precipitó un cambio en la cultura escolar y en las prácticas docentes. Al tiempo, rompió con los cánones del conocimiento disciplinar y asignaturista para instalar la comprensión transversal y el conocimiento multi y transdisciplinario, apelando a contextos significativos de los estudiantes, esto es, la vida real fundada en sus contextos socioculturales.  

Este enfoque representa una renovación en la educación en tanto representa un cambio estructural en la formación de las personas, apelando a la formación en la integralidad, a una ciudadanía cultural activa y políticamente propositiva, que intenta revitalizar y resemantizar la sociabilidad europea en el marco de la nueva comunidad política que se concretizó durante los 90. 

En el plano político, en la segunda mitad de la misma década, las transformaciones en la educación se expresaron en las definiciones de la Unión Europea en torno al nuevo rol que debía desarrollar[23], por lo que se encomendó a la OCDE[24] la creación de proyectos para la generación de indicadores de desempeño escolar y la formulación de un marco teórico para el fundamento de sistemas educativos que pudieran responder a las demandas actuales y guiar sendas reformas dentro de los países de la comunidad. La OCDE puso en marcha el proyecto INES, cuyos equipos de estudio crearon el instrumento global de medición denominado PISA[25], junto al proyecto DeSeCo[26], que generó las definiciones teórico-metodológicas sobre las competencias relevadas por la Comunidad para la vida social, considerando la diversidad de valores y prioridades de países y culturas, e identificando los desafíos de la economía y la cultura global. [27]  

No tendrían importancia tales transformaciones sino fuera que la generación de estándares globales de medición del rendimiento escolar representaba una oportunidad para los países de medir efectivamente los resultados de sus políticas educativas, y de un modo u otro, entender su posicionamiento estratégico en el proceso de la globalización. Voluntariamente Chile adhirió a las mediciones PISA, orientada a evaluar el rendimiento de los estudiantes de 15 años, en lectura, matemática y ciencias, enfatizando alguna de ellas según ciclos preestablecidos. Sus resultados no solo arrojaron luces sobre el conocimiento y las habilidades de nuestros estudiantes, también entregaron una mirada de las tendencias y resultados de las políticas educativas públicas. Pese a los magros saldos nacionales en la comparación global y a la desazón que genera una mirada realista de la educación, quedó el consuelo de que el nivel de logro pudo ser más dramático.

III. ¿Por qué un aprendizaje por competencias?

 Sin perder de vista el marco que impone la sociedad de la información, y pensando en ella como contexto y como objetivo, urge comprender e interiorizarse de las definiciones de una educación que ayude a los estudiantes a enfrentar los desafíos de esta sociedad para no ser victimizados por los múltiples mecanismos de exclusión que genera, tales como nuevas expresiones de analfabetismo.[28] Evitar la marginalización en la marginalidad o en los lindes de la globalización es el desafío que tienen países como el nuestro, encaminados en una senda repleta de espejismos, frustraciones y temores hacia el desarrollo. En este sentido, el enfoque por competencias es una formulación coherente ante los desafíos contemporáneos, fundamentalmente, por que promueve una educación que no abandona a sus estudiantes a su suerte, ni los deja en la indefensión del conocimiento inútil, no promueve ignorancia sobre las características de la sociedad en la que viven y evita la inhabilidad de la ausencia de una praxis. Coincidimos con la opinión del profesor Milos y su equipo, en relación a que el enfoque por competencias constituye un camino para la “comprensión y manejo de nuevas formas de implementar el currículo y el de la gestión didáctica de la enseñanza”;[29] cuya metodología se encuentra implícita en el Marco Curricular nacional y los Planes y Programas, y en las propuestas procedimentales y el enfoque disciplinar que se promueven en ellos. Tomar conciencia de su existencia y comprender las intencionalidades del currículo nacional contribuye de modo eficaz a emprender con celeridad los cambios necesarios en el ejercicio pedagógico y en las políticas educativas de colegios, liceos y universidades, y por supuesto, los museos.  

No es necesaria una nueva política educativa, se requiere la transformación del ejercicio docente y el cambio en las prácticas de la cultura escolar y la rígida rutina del aula basada en “lo posible” y el “mínimo esfuerzo” por una pedagogía de la integración,[30] en que las dimensiones cognitiva, procedimental y actitudinal se desarrollan convergentemente en torno a la movilización de conocimientos en contextos problemáticos reales. Aprendizaje por competencias supone una cultura predominante en la enseñanza en que la intuición del docente es desplazada por la sistemática toma de decisiones profesionales fundadas en una episteme pedagógica coherente basada en consensos en torno a las competencias que se desean promover en los estudiantes; competencias que suponen un aprendizaje integral que resume conocimiento, habilidad procedimental y una actitud que propicia el despliegue de ambos en contextos (significativos) de realidad, que promueven la autonomización de las personas entregándoles herramientas para vivir en una sociedad en transformación. Recordemos, sin embargo, que estos componentes y su relación cambia respecto de los referentes de autoridad (bibliografía) que funde nuestro marco teórico educativo, por lo que cada quien debe elegir sus opciones de acuerdo a la información con la que dispone. 

IV. ¿En qué consiste el enfoque por competencias?

Entre las características distintivas de este enfoque podemos mencionar que se centra en el estudiante como eje de la relación pedagógica; que las competencias son expresión de las demandas de la sociedad sobre sus respectivos sistemas escolares, por lo que ellas pueden ser variables en el tiempo;[31] y que desde este enfoque pedagógico surgió del contexto del mundo laboral y sus transformaciones,[32] por lo que es reactivo a las condiciones que impone el desarrollo del modelo neoliberal. En este plano se manifiestan contradicciones respecto de la utilidad de algunos saberes, conocimientos y disciplinas que se encuentran en el plano de “lo tradicional”, fundadas en un supuesto “valor patrimonial”, pero que gozan de escasa valorización social por su reproducción y transmisión elítica, culpa de quienes han promovido en estos términos tales conocimiento y que se han valido de ellos para su propia situación académica, sin propiciar su divulgación cultural en el público general. 

La producción del conocimiento, el flujo y la accesibilidad a la información, han precipitado una crisis en su pertinencia y en la validez contenidos curriculares en los más variados campos, incluyendo el de la formación historiográfica. Tal panorama ha llevado a promover el concepto del aprendizaje continuo, aprender a lo largo de la vida para acrecentar nuestro capital humano, así como mantener vigente nuestras competencias profesionales, y en el mejor de los casos, adquirir competencias nuevas, demandadas por la sociedad. Este enfoque promueve el aprender durante la vida, aprender con valores, esto es aprendizaje en la integralidad (competencias sociales), además de adquirir la capacidad de transferir tales conocimientos y su dimensión moral a diversas situaciones, validando su utilidad en la práctica efectiva y eficiente, esto es, en la resolución exitosa de problemas contingentes a la vida real. 

Debemos atender, además, al hecho de que este enfoque no solo corresponde al escenario europeo, en Norteamérica[33] y Canadá[34] también se ha desarrollado análogamente. En América Latina se ha introducido lentamente por la fuerte presión política a los gobiernos tras las publicaciones de los resultados PISA, promoviéndose en la educación pública, como el caso de Colombia, o conociéndose lentamente mediante modelos pedagógico-editoriales que proceden de Europa y que se han reproducido en la elaboración de textos escolares, representando aporte cualitativo al mejoramiento de la enseñanza en Latinoamérica. ¿Qué ha precipitado este cambio paradigmático en la educación? Creemos que ha abierto el debate sobre lo que deben saber nuestros jóvenes para estar preparados para enfrentar e integrarse a la sociedad actual. Una evaluación certera la encontramos en el siguiente párrafo: “… a la luz de la optimización de los sistemas escolares ante el problema de los procesos formativos que no llevan a ninguna calificación y que promueven estudiantes casi iletrados… queda en evidencia el fracaso  escolar, su inconveniencia como sistema cultural y su inoperancia ya que se ha convertido en mecanismo reproductor de miseria, cesantía y precariedad laboral y social. Las sociedades desarrolladas, la opinión pública y la clase política ya no están dispuestas a apoyar el crecimiento ilimitado de los presupuestos de educación, ambas exigen cuentas, quieren una escuela más eficaz, que prepare mejor para la vida sin costar más cara”.[35]

V. El debate internacional el enfoque de aprendizaje por competencias 

Durante la década de los setenta se inició del debate sobre las competencias laborales necesarias por los países industrializados, comenzando un trabajo sistemático tendiente a minimizar la brecha entre la formación laboral y los sectores productivos. Desde hace tres décadas se ha venido transformando, de modo lento pero sostenido, el modelo del trabajador operario, o trabajador en un puesto, hacia la formación de equipos de trabajo con capacidad técnica, con mayor autonomía y poder de decisión, autorendimiento, y depositarios de mayores niveles de confianza. Precisamos que esta transformación corresponde a los países desarrollados como a los bolsones de mercado de trabajo técnico y profesional bajo las reglas neoliberales en Latinoamérica. Surgieron perspectivas como la de Leonard Mertens, uno de los más destacados asesores de la OIT y de importantes empresas privadas sobre formación de competencias, que planteó a las competencias clave como herramientas que ayudan a las personas a sobrevivir en un mundo de complejidad creciente y cambios acelerados,[36] pero sobre todo como la “capacidad de dominio y articulación de situaciones de trabajo que deben apuntar a determinados objetivos”, y como la “capacidad de transferir los conocimientos, habilidades y destrezas…”[37] 

En otra perspectiva, Richard Boyatzis, una de las autoridades mundiales en desarrollo organizacional, define el concepto desde las nuevas demandas en la administración de las empresas y desde los criterios de mejoramiento de los niveles de productividad, sobre todo para la optimización de la gestión, y define las competencias como “las características de fondo un individuo que guarda una relación casual con el desempeño efectivo o superior en el puesto”.[38] De este modo, Boyatzis intenta crear la filiación entre el carácter del management y un nuevo modelo gerencial en torno a la optimización del desempeño, relevando el carácter proactivo, la inteligencia emocional, la capacidad de liderazgo y la flexibilidad.  

No obstante su origen, el enfoque por competencias se permeó por los aportes de la esfera de educación formal, y se ajustó a la realidad de la sociedad global, resemantizándose por los aportes que provinieron desde el mundo de la formación y la pedagogía. En la perspectiva de Philippe Perrenoud, sociólogo, profesor de la Universidad de Ginebra, competencia es la “capacidad de actuar de manera eficaz en un tipo definido de situación, capacidad que se apoya en conocimientos, pero no se reduce a ellos. Para enfrentar una situación de la mejor manera posible, generalmente debemos usar y asociar varios recursos cognitivos complementarios, entre los cuales se encuentran los conocimientos”.[39]  

Esta perspectiva comprende a las competencias como procesos de asociación de conocimientos elementales y diseminados y, otras veces, complejos y organizados en redes, y de utilización, integración y movilización de conocimiento; lo que se denomina “movilización de saberes”. Este autor se aparta de la noción de conocimiento que inequívocamente se expresa a la capacidad de realizar, y expone que la adquisición de conocimientos no implica, necesariamente, la habilidad de movilizar tal conocimiento en situaciones de acción. La conceptualización de competencia que realiza Perrenoud lleva implícita la dimensión de la praxis, por lo que es inseparable de la formación de “modelos de movilización de conocimientos de manera adecuada, en tiempo real, al servicio de una acción eficaz… los modelos se construyen de acuerdo a una formación de experiencias renovadas, redundantes y estructuradoras a la vez, formación aún más eficaz porque se asocia con una postura reflexiva”.[40] Propone que una competencia es una “habilidad en situación”; “una competencia existe en la práctica, sin ser siempre o inmediatamente, asociada a un conocimiento por procedimiento, puede derivar a él mediante la automatización, la simplificación y el enriquecimiento progresivo… Toda destreza es una competencia, pero una competencia puede ser más compleja, abierta y flexible que una destreza, y más unida a conocimientos teóricos”.[41] 

El debate mundial en educación de la última década del siglo XX se orientó, en buena medida, a la definición del “enfoque por competencias” como una herramienta para enfrentar la evolución del mundo, de las fronteras, de las tecnologías, de los modos de vida; situación que demanda una flexibilidad y una creatividad en las personas para enfrentar la vida en el contexto urbano en torno al trabajo. El problema de las políticas educativas de los gobiernos europeos es enfrentar el desafío de formar ciudadanos preparados para los problemas que impone la sociedad de la información. De acuerdo con esto, con frecuencia, se asignaba a la escuela la misión prioritaria de desarrollar las habilidades cognitivas como principal herramienta para la adaptación a los cambios. Sin embargo, el enfoque por competencias promueve “el saber” y el “saber hacer” en integración. Este enfoque no rechaza los contenidos, ni las disciplinas, sino que enfatiza su puesta en práctica en contextos específicos, de modo eficiente y exitoso. Para Perrenoud, el enfoque por competencias exige una nueva actitud ante la labor educativa de quienes crean los currículos. Pese a sus evidentes ventajas para los estudiantes, nuestro autor expresa que solo se tomará en cuenta a este enfoque cuando se lleve al campo de las políticas oficiales y sea obligatoria su práctica de la enseñanza. Esto sugiere que los docentes, en su mayoría, no están capacitados para asumir un cambio que redefine su rol y pone en cuestión sus propias competencias profesionales. Desde otro punto de vista, su imposición solo precipitará la compulsión por resultados de parte de las instituciones educativas a los docentes, en vez de promover cambios consistentes en la formación inicial de los docentes, o en abrir instancias realistas para articular una formación continua efectiva, para llevar a efecto en términos adecuados esta transformación didáctica. 

Otro aspecto cualitativo que determina un deficitario manejo del enfoque por competencias es que la formación que reciben los estudiantes esta determinada su funcionalidad en el marco escolar, por lo que su movilización a situaciones complejas o de la vida real queda en entredicho. Perrenoud califica de utilitarista aquella visión que define la idea del colegio para aprender “cosas directamente útiles en la vida”; perspectiva que nace de la actividad empresarial y de los negocios, y contrasta con la visión de una escolaridad más amplia, general u holística, sostenida por profesionales humanistas. En suma, el enfoque por competencias pone en tela de juicio a la cultura escolar, la práctica docente y pone en evidencia las distancias económica y sociales entre países y continentes, cuestionando su funcionalidad y pertinencia en un contexto global en que la sociedad de la información no proporciona igualdad de oportunidades ni entrega bases económicas y materiales comunes para su implementación didáctica. 

En opinión del sociólogo, la transformación de un sistema escolar contenidista, de tendencia positivista, que reproduce el conocimiento, “la evolución es difícil, porque exige transformaciones importante de los programas, de las didácticas (general y disciplinarias), de la evaluación del funcionamiento de las clases y del establecimiento, del trabajo de los alumnos, transformaciones que provocan resistencia pasiva o activa…”.[42] De este modo, declara el rol fundamental de los docentes en la articulación de procesos formativos que se orienten en la perspectiva de la educación por competencias para sus estudiantes.

De este modo, podemos llegar a una visión general de competencias: la competencia se puede entender como una construcción social compuesta de aprendizajes significativos en donde se combinan atributos tales como conocimientos, actitudes, valores y habilidades, con la tarea que se tiene que desempeñar en determinadas situaciones. Entre sus rasgos distintivos podemos encontrar: a) correlacional, debido a que vincula diferentes tareas, atributos y habilidades dentro de una estructura conceptual; b) holística, debido a que reúne una multitud de factores con la finalidad de encontrar aquellos que expliquen, por ejemplo en el contexto de la vida adulta, el desempeño exitoso en tareas profesionales; c) contextual, ya que la competencia tiene sentido y se relaciona con el contexto social y cultural en que se desarrolla tal desempeño profesional exitoso. Se espera que los estudiantes adquieran la capacidad de construir conocimiento (saber) y administrar sus procesos de aprendizajes; que se desempeñen eficazmente en la resolución de problemas o en la aplicación de sus conocimientos (saber hacer); y que se integren de manera eficiente a la vida laboral y al ámbito social (saber ser). 

Desde otra perspectiva, para François Lasnier, Doctor en Medición y Evaluación y asesor en investigación educativa del Gobierno de Québec, una competencia es un “saber hacer complejo resultado de la integración, movilización y adecuación de capacidades (conocimientos, actitudes y habilidades), utilizados eficazmente en situaciones que tengan un carácter común”.[43] Según este autor los elementos fundantes de una competencia son: un saber complejo, ya que es el resultado de la integración de elementos que permiten realizar tareas complejas; un saber integrado, ya que los componentes de las competencias tienen que estar relacionados sistémicamente; las situaciones en que se desenvuelven las competencias poseen un carácter particular, ya que una competencia no es generalizable a todas y cualquiera de las posibles situaciones de desarrollo; una competencia es adecuable, ya que ella activa las capacidades y habilidades pertinentes a la situación y tarea específica. En este marco, las competencias son un saber hacer complejo que integra capacidades. Son un “megaconocimiento” procedimental, de carácter condicional, que permite movilizar las capacidades de manera estratégica. Lasnier usa las competencias, capacidades y habilidades como tres niveles de complejidad en un saber hacer contextualizado. Una competencia está formada por un conjunto de capacidades y estas por un conjunto de habilidades que son las exigidas para la ejecución de acciones cada vez más complejas. Las habilidades son un saber hacer simple, a partir de conocimientos declarativos de orden disciplinar. La capacidad es un saber hacer medianamente complejo que integra habilidades. Las capacidades exigen conocimientos procedimentales y actitudinales que determinan su despliegue en obicuidad y pertinencia, y en última instancia, su desarrollo exitoso.  

Los principios de las competencias según Lasnier son: globalidad: los elementos de análisis de una competencia en referencia a una realidad global, es decir un punto de vista de conjunto; construcción: las competencias toman en cuenta el acervo de los estudiantes, sus conocimientos previos y la elaboración de nuevos aprendizajes; organización se refiere al tratamiento de la información y a la gestión de diferentes memorias; alternancia: los contenidos transitan y se desplazan desde la generalidad a la particularidad y viceversa, tendiendo a su integración; aplicación: el aprendizaje encuentra su sentido en el hacer, por lo que los contenidos tienen a una dimensión de experimental en el “saber hacer” en diferentes situaciones y contextos; iteración: el aprendizaje como un proceso que requiere de la reiteración de contenidos y contextos, desarrollando distintos niveles problemáticos gradualmente; integración: los contenidos y las competencias son orgánicas, se relacionan entre si, proveyéndose de sentido en su interacción, es decir, tienen pertinencia en su espacio relacional; distinción: identificación de contenidos y procesos que se desean gatillar, separando los elementos constituyentes de la competencia de lo puramente conceptual, con el fin de distinguir el campo de dominio de cada expresión; pertinencia: elementos conceptuales movilizados en contextos significativos que motivan a la realización con sentido; coherencia: en el proceso de enseñanza-aprendizaje, a tono con la enseñanza y la realidad social; transferencia: los elementos conceptuales, así como las competencias, se ponen en juego en distintas situaciones de modo eficiente y efectivo, operativizándose cada vez que sea necesario y en contextos diversos.[44] 

Si bien la mirada de Lasnier es una más de muchas perspectivas en este debate, su enfoque impregna el marco teórico de los programas para la enseñanza secundaria quebequense, mostrando una dimensión experimental que otras perspectivas no gozan. Dentro de sus aspectos más relevantes destaca el rol que toma el docente en el proceso de aprendizaje y su capacidad de dar intencionalidad al proceso mediante la formulación de planificaciones en distintos niveles respecto de los objetivos curriculares, de modo coherente con los principios generales de las competencias, proporcionándoles un sentido integral a la evaluación como parte de este proceso. Es así como posibilita la intervención pedagógica concreta mediante el desarrollo de la microplanificación, es decir, una operación que consiste en la elaboración específica de actividades de enseñanza-aprendizaje y evaluación en función de la macroplanificación.[45]  

Desde una perspectiva formativa destaca la definición de Xavier Roegiers, con la colaboración de Jean Marie De Ketele, investigadores belgas de la Universidad Católica de Lovaina, quienes definen competencia como “una posibilidad, para un individuo, de movilizar de manera interiorizada un conjunto integrado de recursos en vista a resolver una familia de situaciones problema”.[46] En esta perspectiva, una competencia se entiende como una situación operativa que se da en un contexto real, en que se desenvuelven, movilizan, y/o transfieren conocimientos y capacidades cognitivas. Roegiers plantea que el logro de la competencia exige la movilización de aprendizajes adquiridos en situación, es decir, en contextos específicos donde se despliegan un conjunto de capacidades potenciales de modo integrado. Considera que esta integración es la piedra angular de este enfoque, y que el desarrollo de las competencias exige el despliegue de una variada gama de capacidades, movilizadas en torno a una situación concreta y real, apelando a la realidad social y cultural de los estudiantes.[47] Estos recursos tienen relación con las características de las personas, y son expresión del resultado del aprendizaje sistemático, desarrollados en situaciones significativas para los jóvenes.  

En suma, la competencia es un concepto integrador en que convergen los contenidos, las actividades a ejercer y las situaciones en que ellas se ejercitan. Sin embargo, el ejercicio de una competencia requiere contextos reales y significativos para su concreción, sobre todo la combinación de objetivos específicos junto a la movilización en situación en una familia de situaciones. La “posibilidad” de Roegiers apunta, precisamente, a que la competencia es un potencial en el individuo, y que solo se ejerce en una situación determinada. En tanto, la expresión “familia de situaciones problemas” significa que la competencia está delimitada por una categoría de situaciones en donde se movilizan los recursos del individuo. Estas “familias de situaciones problemas” corresponden a grandes ámbitos problemáticos, y no se restringen, necesariamente, a una disciplina, por lo cual pueden tener un carácter muldisciplinario. 

Entre las características de las competencias se encuentran la habilidad de movilizar diferentes capacidades y diferentes contenidos[48] pero en situación de integración significativa. Aquí el estudiante moviliza un conjunto de recursos -conocimientos, habilidades, destrezas-,[49] en la expresión de una competencia que tienen un carácter terminal ya que es resultado de un largo proceso formativo; está ligada a una familia de situaciones (a nivel macro son áreas de aprendizaje-aplicación); tiene un carácter disciplinario (e interdisciplinario); son evaluables; y tienden a la integración de un conjunto de cosas bajo un principio.[50] Las características de una situación de ejercicio de una competencia son: complejidad: apunta a la integración de conocimientos (no es exclusivamente disciplinaria, como lo mencionamos); es significativa (apela a la vida real); pertenece a una familia de situaciones; es disciplinaria (apela a un campo de conocimientos), e interdisciplinaria según el caso; y apunta a la autonomía de las personas. La perspectiva de Roegiers tiene la peculiaridad de representar un punto de vista formativo del enfoque por competencia, que tiene por cualidad de integrar aspectos que de modo tradicional han sido abordados de manera separada en el ejercicio y el debate pedagógico. La competencia compromete a que los participantes del proceso educativo a que maticen distintos tipos de saber, conocimientos y capacidades, movilizándolas en situaciones reales de desempeño y en un permanente proceso de problematización. 

En otras perspectiva, Guy Le Boterf, Doctor en Sociología y Licenciado en Ciencias Económicas de reconocida trayectoria, representa una dimensión experimental en este enfoque en el campo de las competencias laborales y profesionales.[51] Para Le Boterf, una competencia es una síntesis de recursos de orden cognitivo, procedimental y actitudinal, exponiendo la idea de competencia como la movilización de recursos en situaciones reales y tareas concretas. Este autor plantea que una competencia es “un saber actuar, es decir un saber integrar, movilizar y transferir un conjunto de recursos (conocimientos, saberes, aptitudes, razonamientos, etc.), en un contexto dado para enfrentar diferentes problemas o para realizar una tarea”.[52] La competencia “es una construcción, es el resultado de una combinación pertinente de varios recursos. Por lo tanto conviene distinguir: los recursos necesarios para actuar con competencia, las actividades o prácticas profesionales que hay que realizar con competencia… las actuaciones que constituyen los resultados evaluables”.[53] 

Por otra parte, la vertiente anglófona del debate surge la definición de competencias clave, fundamentalmente inspirada por las definiciones políticas de la World Conference on Education for All, realizada en Tailandia en marzo de 1990. En ella se promueve que “todas las personas… se podrán beneficiar de las oportunidades educativas diseñadas para satisfacer sus necesidades básicas de aprendizaje. Estas necesidades se refieren a los instrumentos del aprendizaje (lectura, escritura, expresión oral, cálculo y resolución de problemas) y a los contenidos básicos de aprendizaje (conocimientos, destrezas, valores y actitudes) requeridos por los seres humanos para poder sobrevivir, desarrollar todas sus capacidades, vivir y trabajar con dignidad, participar plenamente en el desarrollo, mejorar su calidad de vida, tomar decisiones debidamente informadas y continuar aprendiendo.”[54] Este verdadero manifiesto establece las prioridades de la educación para el fin de siglo y el nuevo milenio, y propuso los desafíos globales de la enseñanza como medio para lograr equidad social y obtener una mejor calidad de vida para las personas. En buena medida establece la máxima del derecho a la educación, o lo que se ha consignado el “derecho a aprender”.[55] En este contexto, los filósofos Canto-Sperber y Dupuy [56] coinciden con estas definiciones y plantean que las competencias clave son verdaderas disposiciones fundamentales para vivir bien y obtener la capacidad de actuar en contextos diferentes. Se consideran fundamentales para el “buen vivir” a lo largo de la existencia, y tienen una dimensión cognitiva, procedimental, pero sobre todo actitudinal. Son competencias basales en el desarrollo del individuo, por tanto tendrían un carácter de “básicas”, y su principal características es que son beneficiosas para la vida social.  

El concepto de competencia clave convive en el escenario europeo con el de “macrocompetencias, definidas por las OCDE, y que se caracterizan por su utilidad para el desarrollo integral de los individuos y el logro de una vida realizada, autónoma, responsable y satisfactoria; determinando su funcionalidad para estos propósitos, por lo que deben “ser relevantes para el conjunto de la población, independientemente del sexo, clase social, raza, cultura, entorno familiar o lengua materna. Otro aspecto distintivo que define sus dimensiones es que deben cumplir con los valores y convenciones éticas, económicas y culturales de la sociedad a la que afectan. Ellas se relevan y toman en el contexto en que se van a desarrollar tales competencias, esto es, una referencia permanente a aquellas situaciones más comunes y probables que los ciudadanos encontrarán durante sus vidas”.[57] El desafío cultural que encierra el enfoque por competencias desde esta perspectiva es hacer de todos los individuos miembros activos de sus comunidades, ciudadanos integrados a la vida cultural. Por esto se considera como claves para el desarrollo de las personas las competencias y destrezas básicas de alfabetización en lectura y aritmética definidas por la Comisión Europea[58], estimándose que ellas aseguran a todos los ciudadanos su acceso a la educación, y el logro de los dominios de la lectura, la escritura y del cálculo como una condición indispensable para garantizar un aprendizaje de calidad.  

El concepto de alfabetización general surge como una condición básica para la inserción exitosa en la sociedad y para asegurar el empleo de las personas, y en última instancia su participación en la economía. En la experiencia europea y la estandarización de indicadores educacionales que ha realizado, la lectura y escritura se definen como “la capacidad de comprender y emplear la información escrita en las actividades diarias que son la casa, el trabajo y la comunidad – para alcanzar los objetivos y desarrollar los conocimientos y el potencial propios.”[59] En un panorama general, lectura se considera una competencia clave por derecho propio y llave articuladora para el conjunto de competencias clave. PISA define la lectura como “la capacidad de comprender, usar y reflexionar sobre textos escritos para alcanzar los objetivos, desarrollar los conocimientos y el potencial propios, y ser parte activa de la sociedad.”[60] Similares proyecciones se realizaron en torno al conocimiento matemático y al conocimiento científico y tecnológico. 

También el debate se ha abierto en torno a la definición de competencias consideradas fundamentales y que están presentes durante toda la vida de las personas y que cruzan todas las áreas del conocimiento y no están ligadas a ninguna disciplina. Se les denomina competencias transversales o competencias genéricas. Una mirada problematizadora está representada por el académico Bernardo Rey, quien plantea que el problema de la transversalidad encierra una confusión de distinciones entre operaciones mentales y procedimientos disciplinarios, por lo que pone en duda la existencia de estas capacidades formales. Las competencias transversales, como la lectoescritura, la percibe  como representaciones culturales de la realidad. Para Rey el adjetivo de “transversal” no hace alusión a los elementos comunes de las diferentes competencias específicas de las materias, sino que a los aspectos independientes de las disciplinas, que permiten su utilización en otros campos del conocimiento, rompiendo con su especificidad,[61] promoviendo la multidisciplinariedad y/o la transdisciplinariedad. El carácter flexible y transferible de las competencias genéricas las transforma en instrumentos que permiten llevar a buen término tareas o problemas específicos, en situaciones temporalmente cambiantes, donde las competencias relacionadas con materias específicas (disciplinarias) duran poco. Las competencias genéricas más destacadas son la comunicación, la resolución de problemas, el razonamiento, el liderazgo, la creatividad, la motivación, el trabajo en equipo y la capacidad de aprender a lo largo de la vida. Este autor apunta a una formación de contenidos y significados para que los estudiantes “puedan sobrepasar la simple posibilidad de respuesta a una lista preestablecida de estímulos y en un sentido general, para que aquello que aprendan en clase le sirva durante toda la vida, deberá adoptar una visión sobre el mundo que lo haga aparecer como un ámbito donde aplicar sus conocimientos aprendidos en clase”.[62]

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